la distancia que separa mi casa de mi oficina, un viernes por la mañana, después de una cena tardía, son cuatro paradas de bus, siete sorbos a un café para llevar, una vespa roja con el sillin autopsiado, dos porteras fregando la acera, cinco semáforos, un estornudo, cincuenta y tres parpadeos, tres quioscos, ocho mamás rubias, y medio bostezo.
al señor Rodríguez, viudo, le gusta la señora Li, casada. cada mañana espera verla romper la esquina con sus tres hijos hacia la escuela para apresurar a su hija y coincidir tres pasos y medio antes de que lleguen a la puerta. el señor Li sigue en China. en ese hueco de miles de kilómetros la señora Li encuentra el espacio perfecto para desatar la cantidad justa de coquetería y flirteo para seguir sintiéndose mujer.
en el bus, un niño habla a gritos con otros niños. los oigo a través de los auriculares, haciendo los coros de Nina Simone. sus padres se los miran sonrientes, “qué graciosos son, que bien se llevan”. el resto de pasajeros, aún en ese estado de trance entre la cama y la oficina, los mataría. especialmente un viernes después de una cena tardía.
8/06/12 at 11:42 am
Un gusto volver a leer las historias minúsculas. Es empezar el día con una sonrisa, y para los tiempos que corren, es de agradecer.
Muchas gracias por escribir tus pensamientos.
8/06/12 at 4:24 pm
quin goig tornar a llegir el que has escrit,…el que has vist i has sentit!
ja saps que encara em fa sentir-te més a prop!